







Desde que tuve por primera vez una cámara en mis manos, sentí que deseaba fotografiar escenas y escenarios que, aunque para quienes me rodeaban parecían dados por hechos y permanentes, a mí me resultaban hermosos. Y la belleza que he visto en esos momentos, no ha radicado nunca en aquella belleza que parte de lo meramente estético, sino de lo real, de lo concreto, de lo material, y, que en la crudeza que habita, en su propia génesis, se hace estéticamente notoria para mí.
En la obra que presento aquí no hay fotografías rimbombantes, grandes ediciones o montajes de escenas; sino algo que se ciñe a la realidad a la espera de que alguien se tome el respiro para observar lo que ve todos los días, de conversar con ese espacio-tiempo capturado que nos habla de algo y de alguien: el pueblo y su cotidianidad.
¿Qué tiene de especial esto que veo si lo veo a diario? Bueno, que esta vez el llamado es a detenerse, incomodarse, cuestionarse, encontrarse… porque nunca lo hacemos, el afán que trae consigo el sistema económico, social, político y cultural en el que vivimos, nos lo impide. Por eso creo que una fotografía es una parálisis para nuestros ojos, un “¡detente!” que nos permite experimentar la movilización de nuestros sentidos y de nuestra imaginación. Un aprender a verme a mí en la manera en como veo al mundo.
