Sobre el recuerdo y lo tangible

El recuerdo es algo que se diluye con el tiempo. Hoy, aquello que recordaba con tanta seguridad hace solo unos años, se ha ido difuminando, tornándose opaco o empañándose. Y es entonces cuando aparece la importancia de lo tangible para mí, no por la materialidad en sí misma o el valor en términos del mercado que aquello pueda tener, sino por la potencialidad de lo que contiene dentro de sí, es decir, de lo que me significa.

Para poder hablar de lo que a mi juicio es la fotografía de forma más precisa, tengo que hablar de lo que para mí representa el recuerdo, lo tangible, lo intangible y la pérdida. Porque aunque hoy mis proyectos fotográficos no necesariamente tienen que ver con dichos elementos, esto son, indudablemente, la génesis de todo lo que mi mirada pueda decir en la actualidad. La sensibilidad fotográfica que hoy pueda revestirme, es la sensibilidad que desarrollé a medida que crecí capturando el mundo que me rodea. Capturar, aquí, como forma de guardar imágenes que nutren el alma, intermediadas únicamente, en gran parte, en ese entonces, por lo que mis ojos podían retener, sin lentes de por medio.

Decía que el recuerdo se diluye y se diluye, sobre todo, cuando una no tiene con qué alimentarlo, a alguien (o álguienes) con quien profundizar sobre ellos, para rescatarlos de la lluvia y el sol que puede ser una misma por dentro, para esclarecerlos, para darles sentido, para remendarlos con paciencia, para cuestionarlos y preguntarse: “¿qué tanto de lo que recuerdo pasó?” o “¿qué tanta interpretación individual hay en ellos?”, que no es otra cosa que ponerse frente a la propia subjetividad e increparla o enfrentarla a lo que fueron las deliberaciones de la infancia, la adolescencia, la juventud y la adultez… y entonces, decía también, que es lo tangible ahí, lo que le permite hacerse a una misma a la escena, a la historia, al momento que quiere recordar, recrear.

Eso hacía yo cuando se me fue arrebatado todo mi pasado, y en un bolso fucsia, muy pequeño, guardaron mi pasaporte, mis permisos de viaje, cartas que contenían pasado, presente y futuro y pequeños tesoros que me permití conservar como una forma de regresar a personas que ya no estarían más ahí, conmigo, pero que habían estado en el “desde siempre” que cabía en mis 9 años de edad.

Fue cuando llegué a España que lo intangible comenzó a ser mi refugio. Esos pasajes que circulaban por mi cabeza y que resonaban en toda mi caja torácica, fue lo que me permitió sobrevivir a lo que después sentiría como una especie de destierro de todo lo que fui.

Es ahí cuando la pérdida aparece. España me dio mucho pero aquello que me había arrebatado yo necesitaba recuperarlo y para eso releía las cartas a escondidas, porque sabía que lastimaban a quien en ese momento se iba convirtiendo en otra parte de mi vida, o sacaba de mi rinconcito de recuerdos infantiles, una canica azul noche que le había robado a mi otra mitad y miraba a través de ella, hacia la luz, para que se dibujaran los cráteres que tenía por dentro y se viera como la luna, y yo cerraba bien el ojo izquierdo para poder concentrarme en ellos y pensar en él, en él y en mí, en él conmigo y en yo con él, saltando esos cráteres, peleando contra monstruos invisibles, dándonos la mano para cruzar la calle, estudiando cada tarde -él obligado, yo no-, él diciéndome “dígame que tengo que decir” y yo explicándole para que respondiera lo que era y así poder sentarnos y ver muñequitos. En él y en mí, que siempre estuvimos ahí y que ya no estábamos.

Esos recuerdos junto con algunas cosas más que habían en España -otros recuerdos de Colombia que no eran míos pero que me interpelaban- eran esos objetos tangibles que me traían alivio, a los que estaba apegada para entender el tránsito de la vida, los cambios, lo que una pierde cuando esos cambios llegan, cuando una apenas está aprendiendo la trascendencia de la decisión que tomó sin saber lo que desencadenaría, la soledad que queda en el pasaporte vencido, las cartas inermes y los pequeños tesoros.

Ya no volverían a repetirse esas imágenes que, aunque fueron capturadas por mis curiosos ojos de niña, no existían físicamente. Ya no más él y yo en el recreo del colegio, ya no más él y yo comiendo mangos biches que nosotros mismos bajábamos de los árboles para echarles limón y sal, ya no más él y yo. Se habían ido esos momentos de profunda felicidad a lo que en adelante se convirtió en la memoria de mis tristezas y temo que los iré perdiendo sin querer, con el paso del tiempo.

Todo lo anterior, para decir que la fotografía llega entonces para salvar el recuerdo, para hacerlo más “visitable”, más posible, más cercano, más vivo… la fotografía en el afán, mi afán, de no perder más. El álbum fotográfico primero y las posibilidades de enviar fotos por medio de correo electrónico después, le dio sentido a mi existencia, porque podía mostrarles a las personas que amaba quién y cómo era yo, que ya no tenía 9 años y yo podía ver quiénes y cómo eran ellos, en especial mi otra mitad, que se negaba a hablar conmigo, pero que estaba ahí, tan alto ya, tan lindo, con cortes de pelo que nunca antes le había visto y con amigas y amigos que yo ya no reconocía, sonriendo de oreja a oreja como siempre, haciendo muecas y jugando, tal como lo recordaba.

Con esas fotos compartidas, en su mayoría de forma secreta, en un lenguaje que solo quien las enviaba y yo entendíamos, media el abismo entre lo que un día fui con él y lo que éramos ahora. Y comprobaba, con cierta ternura, que dentro de tanta distancia, más allá del tiempo y el camino de vidrios rotos que era nuestra comunicación, había una parte que seguíamos siendo juntos.

La fotografía y el recuerdo pasaban a ser una confirmación de la existencia de mi pasado, de lo que era, una emoción que se hacía tangible y que me hablaba de otras vidas ya muy lejanas a la mía pero que me permitían, por un segundo, estar ahí o preguntarme “¿en dónde estaría yo ubicada en esa foto familiar?” en la que ya nunca volví a estar.

Sí, para hablar de la fotografía tenía que pasar por aquí, porque la fotografía salva al tiempo de sí mismo. En la mujer que soy hoy, reside la intención de contar, de mantener, de perdurar, de mostrar aquello que somos como seres humanos en el momento y el lugar -es decir, en el espacio/tiempo- en el que existimos y que no siempre es permanente o que, aún siéndolo, es vital, vital para sentir, para hacer posible el movimiento de la tierra completa.

Mirar atrás, con la tangibilidad de una fotografía, es mirar atrás con la certeza de que es posible expresar el mundo que somos.

*Las fotos consignadas en este artículo, hacen parte de un proyecto personal que está el proceso y con el cual espero aprender mucho más sobre mi forma de observar, interpretar y capturar el mundo.

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